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The Guardian: '...desafiantes con el corazón en mano'Todd McEwen reseña Manituana, 7 de noviembre de 2009Las novelas de Wu Ming ("anónimo" o "cinco personas" en chino) pueden ser lo mejor que jamás haya sido escrito por un grupo. La mayoría de los esfuerzos de este tipo han sido dedicados a producir novelas malas: ¿Naked Came the Stranger?, ¡un horror, un horror! Los Wu Ming, en cambio, explotan las posibilidades de aventura incisiva y rabiosa que se le puede arrancar a la novela popular. Sus libros chispean como si fueran jazz “progresivo”: son lingüística y culturamente modernos, históricamente agudos, desafiantes con el corazón en mano. 54, ambientado en la posguerra italiana, estaba repleto de vivaces y estupefacientes combinaciones de realidad histórica y ficción. Manituana, a nivel superficial, es una historia sin rodeos: la del educado y enigmático Joseph Brant, líder de los mohawks durante la Revolución americana; la de su hermana Molly, que "sueña con mucha fuerza"; y fundamentalmente, la de la pérdida –para humanidad– de la confederación de las Seis Naciones. Después de la Guerra Franco-india, hubo un tiempo de cooperación entre nativos americanos e ingleses. William Johnson, jefe del Departamento indio, esperaba que hubiera "lugar para todos" en el hermoso valle del Mohawk. Los Wu Ming piensan en este tiempo y este espacio como "Iroquirlanda", una muy breve confluencia de las tribus del Viejo y Nuevo Mundo. Ellos narran esta triste e sobresaliente historia como la del violento desmembramiento de una sociedad políglota por otra. "Manituana" significa las Mil Islas del río San Lorenzo, un paraíso legendario, la cuna del idioma mohawk. La narrativa de Wu Ming presta una atención particular a los lenguajes: el mohawk, el holandés y el alemán de la antigua Nueva York, la jerga de la clase popular londinense y de la corte de St. James. La brillante traducción de Shaun Whiteside de muchas voces y ventriloquías de esta novela es hábil e ingeniosa (no obstante la duda de que un pájaro carpintero, a pesar de ser un omnisciente espíritu mohawk, sepa la palabra fo'c'sle[castillo de proa]). Wu Ming explora con destreza el encuentro de los lenguajes indios y europeos: "En la lengua del Imperio, a cada causa le seguía una consecuencia... Por el contrario, la lengua de los mohawks estaba llena de detalles, salpicada de dudas, completada con numerosas aclaraciones. Cada palabra se extendía y alargaba para capturar cada uno de los sentidos". Impresionantes representaciones sobre como deben haber trabajado las mentes de Joseph y Molly Brant, cargadas de imágenes mohawks y energía, sagaces con las ideas occidentales. Junto con los idiomas, las supersticiones chocan: después de todo, ¿qué es "la civilización" sino las supersticiones que nos hacen vivir bien? Manituana se proyecta de forma hipnótica como una vieja película de Hollywood, elude los contratiempos comunes de la novela histórica , no hay siquiera una sola parte larga y aburrida. Las descripciones de la naturaleza americana son dignas de Washington Irving, con un frío otoñal agresivo como una estrofa de Longfellow o una pintura de bosques de Remington. La historia está regida por el sentido indio del tiempo, marcada siempre por el cálculo del otoño. Pero los hechos se desarrollan y son comunicados con sorprendente velocidad: los mensajeros son cazados cruelmente en los bosques, y –gracias a las poderosas y densas visiones telepáticas de Molly– Brant y su compañero Lacroix conocen su destino antes de que ocurra, pese a que Brant se niega a aceptarlo. Como en 54, la violencia (que es pavorosa) es una fuerza natural pero también sobrenatural. Las proezas de Lacroix con un tomahawk están descritas con el sabor de una antigua lectura infantil, pero a esto Wu Ming añade el impensable jaleo de un videojuego: "El tiro le arrancó la cabeza de cuajo y la hizo volar lejos... el pánico le impidió disparar bien y acabó con las tripas entre los pies, las manos que se agitaban para intentar retenerlas... Cuando el tomahawk le rompió el brazo con un ruido seco, se quedó inmóvil contemplando el miembro que colgaba de su hombro..." Brant era una figura compleja, francmasón y dueño de esclavos (hechos subestimados por Wu Ming por propio interés, pero claro ¿quién se mantiene como héroe hasta el día de su muerte?). En el momento en que la guerra giró en favor de los colonizadores, se convierte en "ubicuo" según palabras de Wu Ming, dedicado a cumplir contra su voluntad el destino de un héroe. Al pie de la guerra contra los europeos que previamente consideraba como vecinos, se vuelve "el indio más odiado desde los tiempos de Pontiac". El general Washington ordenó que las personas de las Seis Naciones fuesen capturadas, y sus aldeas y cosechas destruídas. Pero en 1775, Brant todavía creía que los ingleses salvarían a los indios. Viajó hasta Londres para conseguir una audiencia con Jorge III. Esta parte de la novela tira con fuerza de la observación histórica y juega con ella. Como en una loca escena de Gillray, los aficionados al teatro de Drury Lane quedan atónitos cuando escuchan a Lacroix sugerir los versos olvidados en Romeo y Julieta. El hoyo de culebras de la corte es diseccionado crudamente; los malvados hombres de negocios favoritos de Wu Ming están descritos de una forma que ponen los pelos como escarpias. Su servil periodista sensacionalista también es asquerosamente actual. Una emprendedora pandilla de rufianes "Mohocks" de los barrios bajos entrega una carta a Brant describiendo conmovedoramente la angustia y opresión de los pobres londinenses en términos similares a los suyos, y pide ser reconocida como la Séptima Nación iroquesa. Y en una suntuosa fiesta en honor de Brant, unos graciosos pirotécnicos italianos aprovechan la ocasión para burlarse de los ingleses: un "palacete" de estilo georgiano comienza a arder, y de él emerge una sobria pirámide masónica, escalofriante señal premonitoria de los susurrantes capitalistas y de su proyecto para América. El proyecto que triunfó, desde luego. Vagando por los alrededores de Londres, que le repugna ahora que la ha visto en su totalidad, Brant [sic, en realidad es Lacroix] se tropieza con una pobre familia tan debilitada por el hambre que no pueden enterrar su pequeño hijo muerto. El cacique mohawk ofrece sus fuertes espaldas para cavar la sepultura, solo para ser enfáticamente denostado por ese puñado de ingratos porque es un católico. Wu Ming son más dickensianos que Dickens, y cuando leas esta novela, te percatarás de un tenue rumor de fondo. Es James Fenimore Cooper, revolviéndose en su tumba. Todd McEwen es autor de Who Sleeps With Katz, publicado por Granta. 07.11.09 · en recensioni |